Otro día, mismo trayecto

Son casi las ocho de la tarde cuando salgo del portal número setenta y nueve de Castellana. Miro por encima del túnel de acacias mancas a las nubes rosáceas de esta tarde de primavera bochornosa y seca.

Castellana suele ser un hormiguero de corbatas miopes y zapatos de tacón afónicos hasta las siete de la tarde. A partir de esa hora los oficinistas se van retirando a hacer lo que sea que hacen cuando salen de trabajar. Desciendo por la acera de motos, contenedores de papel y alcornoques sucios hasta María de Molina. En esta calle casi siempre el semáforo está de color rojo para los peatones. Uno, dos, tres, cuatro taxis en línea y con La Luz de verde de “libres” pasan por delante.

Llevo haciendo este trayecto casi todos los días desde hace cuatro meses, desde que dormir en camas separadas primero y en habitaciones separadas después no era suficiente para evitar encontrarnos ella y yo en el café de la mañana. En cada trayecto llevo colgado del hombro derecho las piezas de un puzzle que he de ir construyendo poco a poco en otra casa. Un calzoncillo, espuma de afeitar, un cinturón, el cargador del móvil, un libro, un jersey… a esa casa me dirijo en mi trayecto. Como un caracol con su concha de quita y pon.

Enfilo la cuesta de María de Molina. Paso por delante de los edificios del Instituto de Empresa donde unos estudiantes con aspecto oriental charlan animadamente. No tienen más de treinta años y todos llevan colgadas a la espalda sus mochilas con el kit completo de ordenador y libros del máster. Hablan con la prisa de las próximas dos horas, pero viven con la tranquilidad que les da la certeza de que para ellos no hay pasado, sólo un futuro que interpretan confeccionado a su medida.

En Serrano, las terrazas de los bares están llenas. Parecen salas de espera independientes y abiertas al público, cuyas mesas comparten con una jarra de cerveza personas en silencio, atentas a sus móviles o a los que pasamos por delante. Otros gesticulan, con sus voces apagadas por el tráfico que colapsa la calzada. Entre ellos y nosotros se eleva un invisible y grueso muro de cristal.

En la esquina de la Diego de León, hay un chico negro que vende pañuelos de papel. Unos días le compro un paquete y le saludo con una sonrisa y un gracias. Otros, miro para otro lado, cojo mi teléfono e improviso una conversación inexistente.

Claudio Coello es calle de subida. Tiene una acerca estrecha, ciruelos delgados que se estiran como si fueran a alcanzar la escasa luz que se cuela y un local que acaba de colgar el cartel de “se traspasa”, el segundo en cuatro meses. Tomo una respiración profunda y cuento cuántas pulsaciones tengo en quince segundos.

Cuando llego a Juan Bravo la calle se ensancha. Dos sentidos de circulación separados por una galería de castaños. En mi ir y venir los he visto desnudos, igual que esqueletos de cuyos huesos de madera colgantes pendían algunas hojas arrugadas y algunos frutos espinosos. Luego he visto cómo empezaban a brotar las hojas nuevas junto a las secas, aún incapaces de dejarse vencer y caer. Ahora los castaños son unos fornidos gigantes verdes que se han desprendido de todo lo viejo. Son árboles despojados de memoria que refrescan con su sombra el paseo por el bulevar. También en esta calle hay un edificio de viviendas en construcción cuyas obras estaban detenidas cuando pasé por primera vez por aquí. Parecían promesas en forma de dormitorios, cocinas y cuartos de baño. Había algo de impúdico en esa exhibición de cemento. Hace cosa de un mes se retomaron las obras y cada habitación se va vistiendo. ¿No es como si este edificio y los castaños tuvieran una vida sincronizada? ¿Seguirá siendo así cuando el edificio se haya terminado y se instalen matrimonios jóvenes, familias con niños pequeños? Sigo caminando. ¿Alguien más se habrá dado cuenta de esto?

(Sólo) cuando alcanzo la esquina con Velázquez, a la altura de la casa palacio de piedra blanca de principios de siglo XX que alberga la Embajada de Italia, y a pocos metros del edificio de ladrillo rojo que es mi nueva casa, siento el peso de la bolsa sobre mi hombro derecho. Miro las modernas terrazas revestidas de metal y desprovistas de macetas que respiran solas antes de cruzar la calle y entrar en el portal.
Tengo calor pero me toco la piel de la cara y está fría. El ascensor me espera. ¿Era bochornoso el día?

  5 comments for “Otro día, mismo trayecto

  1. Rodolfo Mcartney
    24 octubre, 2017 at 11:47 am

    Que detallado el día! es verdad que todos tenemos muchas rutinas y siempre pasan las mismas cosas… que bonito y bien contado.

  2. Rosa
    24 octubre, 2017 at 2:00 pm

    Sentimientos que paseas por los castaños, por las terrazas…tu mochila al hombro alberga algo más que los trastos…por eso debe de pesar mucho. trasmites muy bien y narras con tanto detalle que desde Pamplona hemos paseado por esas hermosas calles de Madrid. Muchos besos

  3. Chola
    26 octubre, 2017 at 8:17 am

    Quizá algún día podamos decir, otro día, mismo trayecto, y ¡hoy empieza todo!

  4. Arantza Larraz
    15 noviembre, 2017 at 1:29 pm

    Tu minuciosa descripción me ha ayudado a “patear” mentalmente desde San Sebastián esas calles de Madrid que tantos recuerdos gratos me despiertan… ¡Muchas gracias!

    • MAF
      20 noviembre, 2017 at 5:43 pm

      ¡Cuánto me alegro! Gracias por leerme ;)

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