Como cada primavera

– ¿Oís eso?

– ¿Eso qué?

– Ese ruido continuo, como un crack.

– Sí.

– Sí, yo también.

– ¿Qué es?

Era un sábado por la noche. Como cada fin de semana, estábamos los mismos de siempre. Carlos, Igor, Juanan y yo. En realidad aquel día no estábamos todos. Faltaban César y Ainara. Teníamos unos quince años y no sabíamos muy bien qué hacer para matar el tiempo de los interminables sábados. Los dos bares del pueblo de trescientos habitantes donde íbamos cada fin de semana con nuestros padres cerraban no más tarde de las nueve y media. A partir de ese momento, los cinco aldeanos que aún no se habían recogido enfilaban el camino de casa y sólo nos quedábamos nosotros, sin nada que hacer.

Los viernes no solíamos encontrarnos. Cada uno llegaba a la hora a la que sus padres decidían y se quedaba en casa viendo la tele, leyendo o haciendo lo que sea que hiciera. Nunca les pregunté con qué se entretenían cuando no estábamos juntos. No solíamos hablar de esas cosas, me refiero a que no hablábamos de nuestras vidas fuera de aquello que teníamos en común o compartíamos. Los sábados por la mañana ellos cogían las vespinos y nos reuníamos un rato antes de comer en la zona de las piscinas, en la parte baja de la urbanización donde todos tenían una casa. Todos menos yo, que vivía en el centro del pueblo, un par de kilómetros colina abajo. Tampoco tenía moto, así que me tocaba ir andando o en bicicleta. No subía todos los sábados, a veces me vencía la pereza y me quedaba leyendo en casa algún libro que pillaba. Por las tardes me dedicaba a hacer la tarea del colegio y a veces jugaba a las cartas con mi padre. A las siete y media tocaban las campanas a misa. Mis amigos y yo quedábamos en la puerta de la iglesia, un feo edificio de ladrillo revestido de piedra, construido para los emigrantes que trabajaban en las obras de construcción del pantano, allá por los años cuarenta. Nos sentábamos en el coro y sacábamos los pies por debajo de la barandilla de madera. Imaginábamos que tirábamos los zapatos a las cabezas de los viejos del pueblo. También solíamos echar a suertes quién haría de monaguillo, porque el cura le daba al afortunado cincuenta pesetas de paga, suficientes para ir al bar de Angelito y comprarse unos regalices. Además, el monaguillo era el único que podía entrar en la sacristía y encender los cirios. Toda una audacia.

Cuando llegaba la primavera y cerraba el último bar salíamos al prado que estaba entre en bar y la carretera nacional. De vez en cuando pasaba algún coche, alguien que se había perdido. Nos tumbábamos sobre la hierba y en silencio veíamos las estrellas. Podíamos pasar minutos sin hablar hasta que alguien decía la primera palabra. Aquella noche esa primera palabra fue mía.

– ¿Oís eso? pregunté.

– ¿Eso qué? preguntó Carlos.

– Ese ruido continuo, como un crack- respondí.

– Sí- dijo Juanan.

– Sí, yo también- dijo Igor.

– ¿Qué es? – insistí.

– Parecen ranas- dijo Carlos.

– ¿Y dónde están las ranas? por aquí no hay ninguna piscina- objetó Juanan.

– Es que no son ranas- dijo de repente Igor.

– ¿Entonces qué son?- preguntó Carlos, algo molesto porque Igor le contradijera. Siempre estaban compitiendo por algo.

– ¿Qué van a ser?- añadió Igor, con tono arrogante- son patos.

– ¡Hala! ¿Cómo van a ser patos si suenan a ranas?- dijo Juanan.

– Que no, no tenéis ni idea- interrumpió Igor- son patos que van al pantano. Vienen de África y ya se van a quedar a pasar el verano aquí.

Nadie añadió nada y de nuevo nos sumimos en el silencio de nuestros pensamientos. Entonces alguno decidía que se había quedado frío y se levantaba para marcharse. Los demás le imitábamos y con una escueta despedida nos íbamos a casa. Hasta el fin de semana siguiente.

Han pasado más de 20 años desde entonces. Algunos de mis amigos dejaron de ir al pueblo. Yo me mudé de ciudad y de país cuando acabé la universidad y apenas tengo noticias de alguno. Nunca tuve curiosidad por saber más de ellos. Éramos amigos y con eso nos bastaba, supongo. Y sin embargo, cada año cuando llega la primavera y sus primeros aromas de hierba fresca y ozono yo también regreso a aquellas noches solitarias de estrellas y croar de ranas. O graznar de patos…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.