La hija de Carlos

María llegó directa del colegio. En su mochila, las notas trimestrales. Sobresalientes en física, química, biología, matemáticas, lengua y filosofía. Era la número uno de su curso. En un par de días, por primera vez en su vida, iba a ir sola de vacaciones a un campamento. Una semana en el refugio de Formigal para el equipo navarro de esquí, del que formaba parte, con chicos y chicas de su edad, y su mejor amiga, Cristina.

Anochecía cuando María entró en el dormitorio de sus padres. Todo estaba perfectamente ordenado, con las cosas de su padre en un lado y de su madre en otro. El padre había guardado en el cajón de su cómoda el folleto de la Federación de Esquí. María quería ver de nuevo la información y las fotos. No se le ocurría otro remedio para calmar la emoción. Entre las rendijas de las persianas, rayos de sol se proyectaban en la pared del cuarto, láminas doradas y rosas. Tiró del cajón y un montón de papeles con información de universidades extranjeras para el curso siguiente y el folleto con cumbres nevadas saltaron como muelles de un resorte. También había una hoja escrita a mano por una sola cara. Iba dirigida a su madre.

María se sentó en la cama con las puntas de los pies apoyadas en el suelo y la carta entre los dedos. Las líneas de fuego seguían en la pared, ahora mortecinas. El aire olía intensamente a sus padres. Un par de minutos más tarde cogió los papeles del suelo y los guardó. También guardó la carta. El reloj de la pared marcaba las cinco y media. Aún quedaba un rato hasta que volvieran sus padres del trabajo. María se dirigió a su cuarto pero entró en el de Javier. Elisa también estaba allí. Él metió algo entre sus libros cuando la sintió entrar y fingió que hacía los deberes. Elisa estaba sentada sobre la cama de Javier con las piernas cruzadas como los indios, vistiendo a sus muñecas. Observó desde la puerta a sus dos hermanos pequeños y después se sentó junto a Elisa. La niña le dio un beso y la animó a tumbarse a su lado, Javier la miró de refilón antes de sacar el videojuego que acababa de esconder. María cerró los ojos, con la mochila y el abrigo aún puestos.

 

Se sentaron los cinco a la mesa. Cada uno tenía su sitio asignado y deshizo el nudo que identificaba su servilleta. Begoña, la interna, canturreaba, freía las anchoas y retiraba los platos. El ruido de la loza, los cubiertos y sartenes y su voz era una pelea de gatos en celo metidos en la cocina. María se dio cuenta de que conocía demasiado bien el modo que tenían sus padres de contar las mismas historias que ambos exageraban para darse importancia, una y otra vez. Su padre hablaba, y su voz era áspera como el rugido de un león de circo. Cuando se reía, su risa era como la de los payasos. Su madre llevaba la melena negra recogida con horquillas. Miles de pelos del arco de un violín que estiraban su nariz y ojos de pájaro. Sonó el teléfono y los timbres quebraron la burbuja invisible que les rodeaba. Begoña le dijo a María que Cristina la llamaba. Su madre le prohibió abandonar la mesa mientras no acabasen. Ella afirmaba con la cabeza cuando los ojos profundos de su padre, en un gesto antiguo de secreta complicidad entre ambos, se cruzaron con los suyos, por primera vez en toda la cena. María le sostuvo la mirada mientras la silueta de los ojos castaños de su padre se iba desdibujando tras una cortina seca. Bajó la cabeza y clavó la vista en su plato de anchoas sin probar, antes de dirigirse hacia el teléfono. Oía las quejas y prohibiciones de su madre en voz cada vez más alta, detrás de la burbuja. Cristina le contaba cosas de sus vacaciones atropelladamente. María metió la mano en el bolsillo del uniforme del colegio y tocó un papel que sacó. No recordaba haber metido allí las notas. Sujetando el teléfono con el hombro izquierdo y el cuello hizo con ellas un avión. Lo lanzó pero el avión se estrelló casi de inmediato. Después interrumpió a Cristina y le dijo que no podría ir. Oyó el eco de sus palabras y su voz le sonó ajena y chillona. Luego colgó el teléfono. Se mordió el labio inferior y regresó a la mesa, arrastrando los pies y dejando el avión de papel en el mismo sitio donde se había estrellado.

 

PS: imagen destacada cedida por ©Nuberrante (@nuberrante)

  2 comments for “La hija de Carlos

  1. Rosa
    22 febrero, 2018 at 1:35 pm

    Me he quedado con ganas de más… ¿qué hay en esa carta que hace que la niña pierda la infancia?

    • MAF
      16 marzo, 2018 at 3:12 pm

      La semana que viene será la continuación del relato… y sabremos más de la niña y de sus padres…

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