Juan

Hace unos días Bri me preguntó, a bocajarro, qué era Candela para mí. Todo me vino a la mente, todo, todo. No salía de esa palabra, pero verbalizarla me costaba. Sé que Bri esperaba algo bonito, una explicación más allá de una simple palabra pero me es imposible por mí mismo. Como tantas veces que me quedo bloqueado, levanté los hombros, sonreí y tiré de ironía.

-Anda, pues tu hermana, qué va ser. Mi favorita eras tu, pero no estabas allí- y le besé la frente.

Soy adicto, de hecho he sido adicto toda mi vida, y ahora ser adicto a Candela me está salvando de las otras adicciones. Los adictos somos enfermos crónicos, seres débiles en un mundo de peligros. Yo lo viví muy de cerca, muy desde dentro, hasta que llegó Candela. Pero no la primera Candela, la que conocí en los tiempos de la universidad, con el mundo por descubrir, sino la que diez años después me encontré en una fiesta a la que acudí casi sin querer, en la que no tenía otro interés que pillar, en todos los sentidos, todo lo que pudiera. Creo que ni yo mismo conozco mi historia por completo, tengo lagunas que desde que Bri me preguntó intento recordar.

No soy hombre de palabra fácil para hablar de mí, de lo que me importa, soy un encantador de serpientes que vende humo cada vez que habla. Le doy vueltas a la pregunta y quiero darle una contestación, pero sólo puedo decir que Candela, y ahora Carmen, son todo. En cambio, me pongo a escuchar música y la letra de las canciones me golpean la boca del estómago para enseñarme que otros saben decir mejor lo que yo quisiera contar. Así que he decidido tomar prestadas ciertas canciones para ordenar mi cabeza, y contar cómo conseguí hacerme adicto a Candela, y olvidarme, con cierta dificultad algunos días, de mis demás vicios.

Esta mañana Candela y Carmen se han ido juntas hasta Mahón, las miraba mientras desayunaban y se preparaban para el nuevo día. No pueden ser más distintas, Carmen con su melena negra y lacia, la piel morena y los ojos oscuros, Candela con sus rizos claros, tan blanca y los ojos castaños con esas extrañas vetas entre ámbar y verde oliva. Sin embargo, cuando miro a mi hija, veo en ella algo de aquella Candela que conocí, aún con trazas del final de una larga adolescencia, largas extremidades, ojos que todo lo miran para encontrar su lugar en el mundo, tan transparente. Y quisiera que Carmen no escuchara, como su madre, promesas incumplidas susurradas al oído, y rotas al dejarla en la misma puerta de su colegio mayor. Sí, ese fui yo, la misma noche en que decidí decirle a Candela que la llamaría al día siguiente, que algún plan haríamos aquel domingo, cuando minutos después, cargado de alcohol, sin excusa alguna, estaba en un portal con Andrea. Ni llamé, ni Candela me preguntó jamás. Sólo quedaba su mirada, digna y dolida.

Así que, cómo no entender su reacción tiempo después, cuando volvimos a coincidir. Ella ocupando su lugar en el mundo y yo no. Aún hoy, tanto tiempo después, me pellizco para despertarme en mi realidad. Por eso, camino de los establos, en la parte baja de la finca para visitar a los animales, he puesto el ipod en modo aleatorio para que las canciones me hagan pensar en cómo he llegado hasta allí. Tan solo me han distraído los limones que me ha pedido Carmen que cogiera para esa tarde hacer granizado.

 

Sonrió al escuchar la primera canción…

Cerco un centro di gravità permanente

Che non me faccia mai cambiare idea sulle cose, sulle gente…

Franco Battiato

 

Continuará…

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