Falso autorretrato… o no

No me gusta la gente friolera, la que camina encogida por la calle y se abriga en exceso. Tengo la sensación de que es gente que no sabe afrontar las dificultades, que son pesimistas y débiles. No suelo dar esta opinión en público porque suena un poco a teoría dura, fuera de las corrientes al uso hoy en día. Cada vez me callo más mis opiniones singulares, pero, hoy aquí me explayo porque si no, exploto y seré como los fuegos artificiales de un gran final de fiesta.

Por partes, me gusta mi familia, tan desestructurada y singular. Me encanta que los grupos de guachap oficiales y paralelos echen humo los días antes de las grandes celebraciones, que nos saquemos los ojos (metafóricamente hablando) pero que al vernos y abrir la primera cerveza, todo se olvide, o se aparque hasta nuevo aviso. Me gusta escuchar cómo mis tías cuentan historias (casi siempre las mismas) de tiempos mejores en los que nuestra familia tenía un buen nombre, en los que estuvo, por una vez, en el bando ganador. Me río por dentro al ver cómo mis primos se avergüenzan de cómo mi abuelo llegó a alcalde de la mano de un dictador. Me río también del orgullo de familia de alguno de mis hermanos y de la cara de asombro de mis sobrinos, que imaginan a ese antepasado casi a caballo y con espadón al cinto. En cambio, no me gustan las despedidas y la sensación de que siempre podría haber escuchado más a mi madre o beber un poco menos.

Podría decir que me gusta el orden y la limpieza, pero mentiría. Querría tener fuerza de voluntad para que mi casa reluciera como las de los anuncios, pero no paso de mantener mi ordenado caos a raya. En cambio, no soporto las manchas, ni siquiera las más pequeñas. Gasto verdaderas fortunas en trapos de cocina, siempre impolutos colgados en la barra del horno. Mis toallas siempre son blancas, de un blanco casi azulado, como de hielo de glaciar. Tiendo la ropa por colores, estirada hasta el extremo del tejido, sin arrugas; coloco las pinzas de manera que no dejen marcas. Y la plancha… es para mi casi una religión. Las camisas con los cuellos y puños que pasarían con nota la revista de la más exigente de las amas de llaves de una película inglesa, las mangas sin marca ninguna y luego en el armario, colgadas todas en la misma dirección.

En cuanto a los hombres, siempre me fijo en los guapofeos, en esos hombres cuya belleza está fuera de los cánones, algún diente roto, ojos demasiado juntos, narices importantes…ahora dicen que con personalidad, en esta absurda tendencia a utilizar eufemismos que suavicen defectos. Al mirar los catálogos de moda todo me parece falso, de un andrógino nada atrayente, y pienso que si alguno de ellos y yo fuéramos los últimos en la tierra, la especie humana correría un serio peligro de extinguirse. Ante estas ideas, si alguna vez se me escapa pronunciarme en alto sé que gran parte del resto del género femenino de mi generación, incluso de la anterior y posterior, no me entiende. Y como entre risas y como si fuera lo más excéntrico a lo que pudiera aspirar digo: yo soy más del refranero español, ese que dice lo de “el hombre y el oso, cuanto más peludo más hermoso”, o aquello de que “donde hay pelo, hay alegría”. Sí, soy muy refranera, como muy de otra época. Al hablar utilizo términos que más de una de mis amistades al llegar a casa tiene que buscar en la web de la RAE.

Sí, la gente con la que me relaciono últimamente (no por gusto, sino más bien por circunstancias laborales) tiene nombres que debe deletrear varias veces y en su vida no ha utilizado más de cuatrocientas palabras distintas en castellano. Eso son las nuevas generaciones, ellos no son culpables, sí sus padres y madres que crecieron al calor de las telenovelas, la moda de los anglicismos o de romances frustrados con extranjeros de vacaciones en nuestras playas (los más afortunados en Ibiza, los demás en Benidorm).

Aquí llegamos a otra de mis fobias, no soporto la gente que habla mal, que añade eses sin sentido a la segunda persona del singular de pretérito perfecto simple, como si de una canción de Mecano se tratara cualquier tarea cotidiana. Cada vez que lo escucho me muerdo la lengua para no corregir a algún superior con ínfulas de buen orador. Y si en la misma frase introduce un ‘deque’ sin sentido, no incluye el “de” cuando es necesario (porque lo mismo es pecar por exceso que por defecto) me entran ganas de firmar yo misma mi carta de despido y vivir del aire como un anacoreta.

Sé que soy una mujer difícil, o no, porque pido poco a la vida. Un feo que hable bien y que se ría con mi familia. Un feo que me caliente los pies al irme a dormir y que me bese por las mañanas. Alguien que conjugue bien los verbos y sepa tender la ropa según mis principios (que en este tema no cambio por otros). Alguien que le guste la estética del perdedor, una estética casi excesiva y que admita vientres no planos, la piel de naranja y cejas al natural. Alguien con quien la banda sonora de la vida suene a cantautor melancólico y a música indie.

(Duda: ¿servirá este texto como presentación? ¿o mejor miento?)

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