El concierto

La gran diva del bel canto iba a salir al escenario. Cantaría un par de arias fuera de programa en el recital homenaje que le rendía la ciudad en la que había nacido. El ayuntamiento la había nombrado “Hija Predilecta”. Ella siempre había pensado que esos fastos se hacían después de la muerte del homenajeado, como si fuera preciso rescatarlo del olvido. Esta vez  el recital era en su honor y le costó encajar la noticia. Ella era la gran diva. Y estaba viva. Se tomó su tiempo, interminable en esos días todos iguales de la residencia, para escoger las piezas. No eran sus favoritas, no le encogían la garganta, no palpitaban bajo la piel. Pero había una razón más importante que la emoción musical. Gualtier Malde… su primera gran actuaciónAún podía escuchar, como si fuera entonces, la ovación del público francés, puesto en pie, unánime, admirándola, al término del aria de Rigoletto. A ella, hasta entonces un nombre desconocido en la escena musical. Había enmarcado el recorte de periódico con la crítica de la velada, que la dotó de unas alas invisibles, lanzándola a los mejores escenarios del mundo. El trozo de papel amarilleaba tras el cristal. Y Matern Aller Arter, el aria más compleja a la que se había enfrentado. Escrita por Mozart para una soprano lírico spinto, ella, soprano lírica, fue la Konstanza más belcantista de cuantas había habido. Su colocatura no tenia rival.

Con las partituras en la mano, escuchaba su propia voz en el tocadiscos una y otra vez, durante horas. Contemplaba la pared salpicada de fotografías con un elemento común: ella. Posaba de la mano de los grandes divos y directores de orquesta. La melodía abrazaba las imágenes, y aquellos personajes, Mimi, Violeta, Tosca, Rosina… regresaban en su memoria a la vida, más allá del escenario y las bambalinas. Se movían en su dormitorio, reconvertido en clubs privados, yates, restaurantes, hoteles, aviones y trenes, alcobas y camas redondas. Cuando el silencio hacía acto de presencia, los rostros jóvenes, invencibles, eran monstruos de mil ojos que observaban con indiferencia a una anciana sentada en la butaca. El miedo regresaba. Un miedo cruel a no poder levantarse de la cama, a tener que usar pañales, a olvidar los recuerdos, a no hollar más el paisaje de la felicidad, enterrarse viva entre esas paredes.

El día del homenaje se aproximaba y ella, sin abandonar el rigor que la había mantenido viva a pesar del cáncer, estudiaba la técnica vocal, la interpretación, la dicción. El cansancio sobrevenía, repentino. Bajaba al jardín, con su vestido, sus zapatos de tacón y los labios pintados de rosa. Sus vecinos de pasillo la halagaban. Ella respondía con una sonrisa profunda, nacida en su pecho. Días antes del concierto supo que estaba lista para impresionar al público. Soñó con iniciar el camino de regreso de un permanente limbo.

Saludó a sus compañeros de reparto, con la pose de gran diva, la estrella que iluminaba ese teatro, incluidos a los secundarios. Buscó su camerino y descubrió que no era sino una sala con percheros y un espejo que debía compartir con las otras cantantes. Una de las sopranos parecía novata. La otra, más mayor, se comportaba caprichosamente, como si tuviera por delante un futuro prometedor que por alguna razón había caído en desgracia. La gran diva observó con desagrado su actitud orgullosa. Para la gala la mujer, cuyo nombre la diva no conocía, ha llevado dos elegantes vestidos y dos pares de zapatos diferentes. Tenía un set de maquillaje, y una asistente convertida en amiga y confidente o una amiga convertida en asistente y confidente que le maquillaba y le peinaba.

Alguien entró en el camerino, alterado. El auditorio sólo estaba a medio aforo. La gran diva se miró en el espejo, ausente.

Esperó entre bambalinas su turno. El tenor le abrió la puerta de acceso y la condujo hasta el centro del escenario. Escuchó sus propios pasos. Luego los aplausos apagados por la deficiente sonoridad del teatro. El foco la deslumbró y sólo vio frente a ella la negrura de una sala interminable, como si el paraíso y el infierno se unieran precisamente allí. Se miró las manos, en busca de un punto de referencia. Parecían las suyas. Miró al pianista, quien le sonrió. Ella le devolvió la sonrisa, y afirmó con un gesto de cabeza, para dar inicio al aria. Se dio cuenta de que había olvidado las partituras en el camerino. Pero entonces ya no sintió nada más. Escuchó los primeros compases, dejó de sentir los latidos por encima del vestido, y se transformó en fascinante voz.

  2 comments for “El concierto

  1. Rodolfo Mcartney
    20 junio, 2018 at 11:10 am

    como siempre un placer leerte!!

    besossss

    • MAF
      25 junio, 2018 at 10:38 am

      ¡¡Gracias!! Ya era hora de que volviera… ;)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.