El amor de D (parte 1)

– Hola- la voz de D, un poco áspera, sonó en suspenso, como si una racha de viento hubiera arrastrado el resto de sus palabras.

– ¡Qué ilusión verte aquí!- la mujer sonaba alegre, con restos de noches de tabaco y ginebra.

Iba peinada con un moño despeinado rubio platino y raíces oscuras. Se acercó a D, y poniéndose de puntillas apoyó amistosamente las manos sobre los hombros masculinos. Ambos llevaban la misma camiseta verde cedro de algodón con una enorme letra be mayúscula dorada en la manga izquierda y unas bermudas beige, que él sujetaba con un cinturón y ella parecía reventar en cualquier momento.

– ¿Hoy es tu último día?- preguntó ella mientras asentía con un gesto.

– Déjame pensar. Hoy es martes, ¿no?… no, es lunes. El viernes ya no vengo, así que echa la cuenta.

– Si yo fuera tan valiente como tú… Este trabajo me deja agotada- le mostró el dorso de las manos- mira, fíjate cómo las tengo. Destrozadas.

D obedeció y contempló sus manos de dedos gruesos y cortos, con las uñas de porcelana pintadas a la francesa y cuyo esmalte había saltado en algunas. Le pareció que su compañera exageraba. Sus manos eran horrorosas, con esas uñas artificiales y descuidadas, pero no estaban estropeadas. Estropearse, dañarse… era muy distinto. Observó la terraza que se extendía a su izquierda y las hileras de tumbonas azules donde muchos huéspedes del hotel dormitaban o leían. A algunos el día de piscina les estaba saliendo carísimo. Sus cuerpos despedían el color de la carne a la brasa. Podía imaginar su olor, una mezcla de aceite corporal bronceador y piel achicharrada. Unos niños jugaban a hacer volteretas en la piscina y le devolvían ecos en inglés.

– … tenían una tienda que vende lociones de aloe o algo así, y me dijeron que eran maravillosas…- seguía diciendo su compañera. Él había perdido el hilo y la interrumpió.

– Bueno, tengo que volver a mi puesto. Sólo había venido a saludarte- mintió.

– En cuanto cerremos la terraza me acerco a ayudarte con las mesas. ¿Qué hora es?- la chica miró su reloj de muñeca- Aún tengo para un rato aquí.

– En el jardín no hay nadie ahora. Me organizo solo sin problemas. Hasta las nueve no empiezan con los cócteles- respondió.

D lanzó una mirada en arco hacia las tumbonas, breve para que ella no la percibiera, atenta para identificar un rostro conocido. Luego salió de la terraza.

Las mesas del jardín fueron ocupándose hasta llenar el aire de voces y risas que ponían letra a la música de fondo. El sol anacarado alcanzaba las copas de las palmeras y las atravesaba convertido en cientos de franjas de un dorado pálido enfermizo que se proyectaban en uno de los muros. Él las contemplaba, absorto, y pensaba en los barrotes de una celda.

En cuanto llegaron los refuerzos, D se parapetó tras la barra, escoltado por los frascos de cardamomo, canela, chile y bergamota, y las cartas de cócteles que colocaba en zig zag, como un biombo. Echó la cuenta de los años que llevaba en ese mundo…

(Continuará)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.