Candela, de más cerca

Recuerdo que cogí un tren para ayudarla con la mudanza, había encontrado un pisito que le encantaba, cerca de su trabajo, porque quería poder ir andando a trabajar. Era una antigua vivienda de portero rehabilitada a la que se accedía por una estrecha escalera, pero llena de luz. Allí estábamos, rodeadas de cajas, delante de una pizza pedida por teléfono, con un colchón en el suelo y un equipo de música, felices las dos.

-Bri, me encanta este lugar ¿no te parece maravilloso?

Yo miraba a mi alrededor y sólo veía paredes vacías y un gran ventanal por el que se ponía el sol. Y justo en el momento en que iba a contestar Teresa como un torbellino entró -tenía llave-  y dijo:

-Candela, ponte algo mono que nos vamos. Me tienes que acompañar. Bri, tu también.

Les seguí feliz, como toda hermana pequeña que ve que ha perdido esa condición y por fin los mayores le incluyen en sus planes. Fuimos al estreno de una película en la que algún antiguo compañero de Candela había trabajado y con quien Teresa necesitaba contactar. Gustavo, creo recordar. Candela sonrió.

-Teresa, sí iba a mi clase, pero ni se acordará. Lo dejó en segundo o tercero de carrera.

-Bah, ahora es un director medio considerado y mis jefes han echado mano de mí para llegar a él. Venga, será divertido.

Recuerdo que Candela estaba espectacular, se puso aquel traje de tres piezas que llevó en la boda de Clara, de un azul intenso, un traje de chaqueta absolutamente masculino. Cuando se quitaba la chaqueta, el chaleco dejaba la espalda al aire , tan sólo cubierta por una finísima cadena dorada. Sin más, con unos pequeños pendientes, casi de niña de comunión, y los labios pintados en rojo oscuro, brillaba, era tan ella. Yo la miraba y la admiraba.

-Candela ¿me lo dejarás algún día? Es tan bonito, todo.

-Bri, claro que sí, cuando crezcas un poco y lo llenes del todo.

De pronto, entre la gente alguien se acercó. Yo vi cómo ponía la mano al final de la espalda de Candela y ella sin girarse cambió el gesto, se incomodó y al girarse su gesto cambió, no sé si para todos, pero yo noté como si de pronto perdiera esa seguridad que le daba saber su lugar en el mundo, como si los años vividos se esfumaran y volviera al principio de algo que yo desconocía. Volvió a sonreír, a hablar con viejos conocidos, pero no fue lo mismo. Y sí, ahora lo sé, ese día Juan volvió a aparecer. Lo vi de refilón, pero a partir de ese momento fue apareciendo en nuestras conversaciones con Candela, hasta que tuvo el fatal accidente y por casualidad la policía llamó a mi hermana de madrugada. Entonces Juan empezó a formar parte de nuestras vidas, con sus idas y venidas. La primera vez que vino a casa, sonrió, fue amable, nos encantó y nos rendimos a sus pies. En cambio Candela se mostró muy reservada, hasta taciturna. Al caer la tarde, cuando todos estábamos alrededor de la piscina, sin niños todavía chapoteando, Candela se sentó al fondo del jardín, a la sombra de la higuera, con mi padre. Entre ellos siempre había habido algo distinto, por ser la mayor, por haber crecido antes, por haberle facilitado su labor de padre, por ser como era, imprescindible para todos, y también para mi padre, o quizás más para él. Era extraño, no sonreían. Mi padre miraba al fondo de los ojos de mi hermana, seguro que muy dilatadas por la penumbra en la que estaban y que borraría las pequeñas vetas ámbar que salpicaban los ojos marrones de Candela. Al final, ella asintió muy seria, como quien sabe que esa era la única respuesta. Y sonrió con tristeza. Nunca supe de qué hablaban pero tiempo después lo adiviné. Juan, Juan y sus problemas, Juan y sus recaídas, Juan y sus adicciones, Juan y el mundo que le venía grande. Al volver con nosotros, ella se sentó junto a Juan, al borde de la piscina y le besó como si no hubiera nadie a su alrededor. Y él supo que ya tenía un lugar en el mundo, con un horizonte que alcanzar.  Un año después Candela pidió el traslado a Menorca y allí estrenó su nueva vida, esa que nadie esperaba. Un día nos envió unas abarcas pintadas por ella para el cumpleaños de Matilde, otro para el mío, hasta que todas tuvimos las nuestras. Poco a poco, sin quererlo, sin creérselo, le fueron pidiendo amigos, conocidos, amigos de amigos, hasta que se convirtió en un verdadero trabajo. Por fin, la imaginación de Candela, su capacidad de abstracción, su manera de dibujar traspasó las paredes de nuestra casa y de la suya. Podría decir que una vez allí fueron felices y comieron felices, pero no fue así. Nada fue tan fácil aunque si hoy los ves nadie lo diría. Se levantan, y como siempre quiso Candela, ven cielo, mucho cielo, sin tejados, tienen a Carmen a la que le enseñan que el mundo se ensancha más allá de su isla, que no sólo es azul como el que ella ve a su alrededor.

  2 comments for “Candela, de más cerca

  1. Rodolfo Mcartney
    30 enero, 2018 at 8:02 pm

    Hacía mucho tiempo que no podía pasarme a leerte. Y que bien me sienta desconectar este ratito!! MUAAA gracias por contar cosas tan bonitas.

    • 31 enero, 2018 at 7:54 am

      Muchas gracias. Candela aún dará más cuentos. Atento!

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