Hermanas

El sonido de las ruedas por la gravilla nos hizo saber que Candela y Clara habían llegado. Ni pensé en levantarme de la tumbona junto a la piscina, sólo pensarlo me daba pereza, mi estado me permitía este tipo de privilegios pocas veces reservados para los pequeños. Tenía ganas de ver a mis hermanas mayores, las dos vivían lejos y cada vez que coincidíamos las cinco era una fiesta. Candela entró la primera, sonriente con Juan a su lado. Juan me guiñó el ojo y yo no pude menos que carcajearme, en su camiseta se podía leer: save the whales.

– Bri, sabes que soy el único que piensa en ti de verdad- me dijo al oído al saludarme. Y me besó en la frente, como era su costumbre. Había ganado algún kilito y eso, en él, era buena señal. Olía a niño, siempre usaba colonia infantil.

Justo detrás llegaba Clara, tan estupenda y perfecta como siempre. Clara era una belleza, mi padre siempre nos describía a todas diciendo que éramos como mi madre mirada por un caleidoscopio, a ella se había tocado el mejor ángulo, sin distorsión. Eduardo lo había actualizado, decía que éramos la misma persona pasada por distintos filtros de Instagram, y el suyo era el favorecedor, estilizada, con su melena rizada rojiza, su piel blanca, las piernas más largas… a las demás sólo nos había tocado una de sus virtudes estéticas.

Venía sola, así que nadie preguntó pero un silencio planeó entre nuestras miradas. Al otro lado de la piscina Eduardo, Luis y Toni palmearon la espalda de Juan de esa manera tan masculina que sólo puede ir acompañada de una cerveza. Esta vez, 0.0, por Juan.

La piscina lucía impecable, de su azul que competía con el verde del césped, los niños chapoteaban sentados en el borde. Carmen les besó a todos en la frente y ellos le salpicaron, para ser una adolescente mi sobrina mayor tenía una paciencia infinita con los demás.

Irene y Matilde salieron de la casa cargadas de bandejas al oír a los recién llegados, los tres niños de Clara les chillaron que querían papas y coca-colas como sus primos. Su madre les dijo que ni hablar.

– Agua para los tres, que si no acabaremos todos locos- y besó a mis hermanas.

Nadie se atrevió a preguntar por Íñigo. Clara nos dijo que no venía, sin más explicaciones. Entendimos que era mejor no preguntar.

Así pues, nos sentimos como en casa, no por estar en ella, si no porque estábamos todos allí, esa familia tan dispar que es la mía, como casi todas, supongo.  Y quise que aquel momento se prolongara en el tiempo, pero a mi espalda alguien se me adelantó y con el móvil lo fotografió.

– Nada, sin filtros, es perfecto. Ya está subido- dijo Matilde- no os preocupéis que los niños no se ven.

Desde que las redes sociales nos han invadido Matilde se ha convertido en una adicta, sabemos cada paso que da, cada prenda que se compra, cada cosa que aprenden sus niños, a las demás nos resulta un tanto cargante, pero como en todo lo que hace mi hermana tiene un más allá maravilloso. Ayudar a los demás de manera desinteresada. Ha contado con todo lujo de detalles la adopción de sus hijas mayores, apoya a familias en su situación aunque lo niegue, o le reste importancia. Y luego su difícil embarazo de las mellizas, cuando había renunciado a ello, cuando era feliz con esas niñas que nacieron a miles de kilómetros para ella. Ahora es una madre de familia, de una gran familia, un matriarcado como en el que nos hemos criado, aunque Toni no es mi padre ni Matilde mi madre. Esa es otra historia.

Irene, desde su silencio nos contempla a todos y sonríe, sé que quiere guardar ese momento como yo, pero ella es más hacia adentro. Se acerca a su marido, Luis es tan alto que ella a pesar de ponerse de puntillas no llega a su oído, él en un gesto cargado de cariño, se agacha, le retira un mechón de pelo castaño claro de la cara y sonríe al escucharla. Ellos son así, silenciosos, ordenados, meticulosos, el oasis de paz en el que todos queremos refugiarnos cuando estalla alguna crisis. Irene tiene una preciosa casa, grande luminosa en la que Luis tiene un enorme estudio con vistas a una terraza desde la que se ve un mar de tejados con torres de iglesias como barcos un día de regata. Las ventanas siempre abiertas con las cortinas blancas en un baile cadencioso.

Y luego estamos nosotros, no sé si ya decir dos o tres, por eso soy una ballena varada en esta tumbona junto a la piscina con mis tobillos hinchados. Soy por primera vez en mi vida el centro de todas las miradas y mimos. Es lo que nos pasa a los pequeños. Soy la quinta de cinco hermanas, la última en llegar, para la que no quedaban ni nombres bonitos en el santoral. Bri, esa soy yo. Quizás en alguna línea complete mi nombre, o mi historia.

  4 comments for “Hermanas

  1. Rodolfo Mcartney
    7 noviembre, 2017 at 11:20 am

    Qué importante son los hermanos.

    Gracias por este ratito de relax!

    besos

    • 7 noviembre, 2017 at 12:33 pm

      Gracias. El truco está en que las hermanas somos otros ‘yo’ , una parte nuestra. Creo. 😘

  2. Mar
    8 noviembre, 2017 at 9:59 pm

    Me encanta, no sabia que tambien tenias un blog literario…

    • 9 noviembre, 2017 at 6:32 pm

      Síguelo y verás… yo colaboro con relatos.

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