Las bicicletas son para siempre

Irene tuvo su primera bicicleta cuando cumplió los seis años. La noche anterior al gran día apenas durmió. Se acostó como de costumbre, a la hora a la que sus padres le mandaban, aunque todavía fuese de día. Para favorecer el sueño su madre bajaba las persianas y eso a Irene le asustaba. Cada noche se quejaba y cada noche su madre le decía que ya era una señorita, y que las señoritas no debían temer la oscuridad. Por eso, Irene decidió una semana antes de su cumpleaños que no se quejaría más. Había pedido a los Reyes seis meses antes, en una carta llena de corazones rellenos de rojo fresa y colonia Nenuco, que por favor le trajeran una bicicleta. Los pajes de los Reyes bien porque no habían recibido la carta o porque se habían equivocado en la entrega, Irene no lo tenía nada claro, le trajeron ropa y un par de muñecas de las pequeñas. Desde entonces, pedía a sus padres insistentemente su bicicleta. Ellos primero eludieron sus peticiones, y ante su empecinamiento le dijeron que aún era pequeña para aprender a montar. ¡Si iba a cumplir seis años! les contestaba airada. Descubrió que tenía que demostrarles que ya era mayor, aunque la hora de irse a dormir fuera todo un suplicio para ella.

El gran día llegó. Llevaba rato despierta, quieta en la cama y atenta a cualquier ruido que hubiera en la casa y que le indicase que los mayores, incluidos sus hermanos, ya se habían puesto en pie. Sus padres entraron en su habitación y la llenaron de besos, cantándole canciones. Irene se levantó de un salto y bajó a la cocina, con ellos. Sus hermanos la estaban esperando. Junto a la silla que ella ocupaba había un gran paquete de formas familiares. Irene gritó, emocionada y se lanzó a romper el papel.

Aquella bicicleta relucía bajo los focos blanquecinos. Era de color rojo oscuro, tenía unas pegatinas del cerdito Porky en la barra de metal y los manguitos eran de caucho negro. Le faltaba un radio en la rueda trasera y algunas partes estaban algo oxidadas. Irene movió el manillar y tocó el timbre, que emitió un sonido muy metálico y potente. Le pareció muy pesada. Tampoco tenía cesta ni una pata para apoyarla. Se alejó un par de metros y volvió a mirarla. Entonces la reconoció. Frunció el ceño y bajó la cabeza. El regalo de cumpleaños, su regalo, su bicicleta, no era más que la vieja bicicleta familiar. Mucho más vieja que ella. Había pasado por las manos de al menos cinco primos suyos y de sus hermanos antes de llegar a las suyas. Se sentó a desayunar sin volver a prestarle atención. Sus padres intercambiaron una mirada y su madre la apremió para que no perdiera el autobús. Aquella tarde su padre pidió permiso en el trabajo y fue a recogerla al colegio. Cuando volvían a casa en el coche él le propuso bajar al parque un rato para aprender a montar, antes de que llegasen los abuelos para la merienda de celebración. Irene apretó las manitas pero no se negó. Cuando llegaron a la plaza, Irene vio a las otras niñas montar. Sus bicicletas no eran como la suya. Las de las niñas eran rosas, tenían una cesta delantera  con flores y cintas de colores rosas, verdes y azules en los manguitos del manillar. Sus bicicletas parecían muy nuevas y siempre estaban limpias. Llevaban ruedines. “Bicicletas de bebés”, le dijo su padre cuando vio cómo Irene observaba a las otras niñas, abandonaba su bicicleta y se inventaba excusas para mantenerse lejos de ella. ” La tuya es especial, Irene, es una bicicleta de mayores. Ninguna de esas otras se parece a la tuya”. Sin embargo, aquella noche Irene se llevó la bicicleta del cerdito Porky a su cuarto cuando se fue a dormir. Llegó el fin de semana, y su padre lo pasó con ella en el parque, practicando en la bicicleta sin ruedines. Su hermano mayor fue a verla y la aplaudió cuando la vio andar sola en sus dos ruedas en constante e inestable balanceo. Aquella noche, durante la cena, Irene contó sus logros en casa entre gritos y risas nerviosas. Papá le había enseñado a montar en la bicicleta especial de mayores. Cuando alguna niña en la plaza se acercaba a ella con su bici rosa de princesas y flores y le preguntaba de dónde había salido esa bicicleta tan vieja Irene torcía el gesto.” De la cueva del castillo de mi abuela, la mamá de mi papá, que es una hada”, respondía. Luego se agarraba fuerte a los manguitos negros e iniciaba el vuelo. Para no perder el equilibrio.

  1 comment for “Las bicicletas son para siempre

  1. Rodolfo Mcartney
    10 octubre, 2017 at 10:04 am

    las bicis son geniales!!!

    que bonitos recuerdos!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *