Las amigas

Candela y Ruth quedan cada jueves desde hace años después de dejar a los niños en el colegio. Candela elige con mimo la ropa para ese día, algo que no se haya puesto muchas veces, que no parezca estudiado para la ocasión, algo que le haga sentir segura ante su amiga, algo que en realidad no existe. Le gusta ese rato en que hablan sin prisas, en el que Ruth la escucha y sonríe, porque se ha dado cuenta con el paso de los años de que es la propia Candela la que le cuenta la última trastada del pequeño, los kilos demás que no logra quitarse de encima o lo mal aparcado que ha dejado el coche. Durante toda la semana, igual que planifica su aspecto, ensaya sus historias, no siempre reales, y adorna las anécdotas para que resulten interesantes, cuando en realidad no ha habido más que otro fin de semana de orden en la casa, de compras en familia y de una cena encargada. Nicolás siempre les sirve lo mismo, en la misma mesa junto a la ventana.

Cada una tiene su lugar en la cafetería. Ruth de espaldas a la luz mira a Candela, con su mirada clara y su sonrisa apagada, y cree sus mentiras que ya conoce, pero le gusta escucharle, le enorgullece saber que es digna de todos sus desvelos. De niñas ya sentía esa adoración cuando volvían juntas a casa y ella daba un rodeo antes de seguir su camino. Cómo se interesaba por cada prenda nueva, por el último libro que había leído.
Ruth no entendía cómo ella era el objeto de tanta devoción, no sabía qué  había visto Candela en ella para querer agradarle de esa manera, para que ese sentimiento no se hubiera erosionado con el paso de los años con los desplantes de la adolescencia, con las nuevas amistades ganadas con la edad con quienes hablar de algo más allá de niños, dietas y chismes del colegio. Pero allí seguían las dos, con sus cafés con sacarina frente a la ventana. Ruth vagaba por su tedio disimulado de sonrisa, pensaba en la clase que esa tarde daría, repasaba mentalmente los horarios y hacía equilibrio con las extraescolares de sus hijos. Pero no podía dejar de ir, necesitaba alimentar su ego. Esa vanidad mal entendida que le hacía mirarse al espejo por encima de su propio hombro y decirse cada mañana: me gusta cuando me miras porque estás como ausente. Y ausente estaba, lejos de lo que quiso ser y más lejos de quien quiso ser. Enseñaba literatura porque no pudo escribir más allá de algunos cuentos y poemas en la adolescencia. Leía porque necesitaba mundos más allá de las paredes de su casa, tan a la última, tan ordenada, tan blanca, tan luminosa. Y tomaba cafés con Candela cada jueves para sentirse admirada, tan lejos de la rutina de sus días, de lo que pudo haber sido y no era, aquella Ruth rutilante buena alumna y buena hija. Si Candela supiera quizás no se preocuparía de qué ponerse o qué mentira contarle.

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