El gran cuaderno, de Agota Kristof

El gran cuaderno es el título de un trilogía novelística publicada en España  bajo el título Claus y Lucas, allá por el año 1986. La secuela titulada La prueba llegó 2 años después. Hasta 1991 no apareció la tercera parte bajo el título La tercera mentira. Cuando Agota Kristof escribió el Gran cuaderno tenía 51 años y una gran vida a sus espaldas. Una de las curiosidades de la autora es que escribe en francés, un idioma adquirido cuando se ve forzada a huir de su país de origen, Hungría, tras la revolución de 1956.

El argumento es aparentemente sencillo. En un país en guerra (podemos colegir que se trata de la II Guerra Mundial aunque en ningún momento se indica tal cosa) unos gemelos de unos ocho años son trasladados por su madre a vivir con su abuela al campo, para escapar de las penurias y la hambruna de la ciudad. El padre, periodista, está desaparecido. Ahí empieza la verdadera historia. En lo que sucede en el pueblo y en las relaciones entre los adultos. El título del libro tiene su origen precisamente en el cuaderno en donde escribirán a modo de diario todo lo que les sucede. Debido a que quieren seguir estudiando y ante la ausencia de clases, el cuaderno será sus deberes. Ellos mismos se imponen las reglas de la escritura en el gran cuaderno: no se puede inventar lo que viven, sólo escribirán lo que les pasa, como una redacción aséptica, únicamente descriptiva, sin emociones ni sentimientos. Conforme uno avanza en la lectura se pregunta, ¿para qué lo escriben? ¿como parte de su educación? ¿por buscar un interlocutor?  ¿es acaso un ejercicio impuesto o el resultado de su propia vida, a la que le ha sido arrebatada la capacidad de sentir?

El libro está dividido en brevísimos capítulos compuestos de frases muy sencillas y cortas, con numerosas elipsis y una gran economía de medios. Todo lo que está es necesario, como si el estilo literario fuera imprescindible para poder contar la historia de una vida sin recursos: es necesario para crear las imágenes de la pobreza más absoluta a todos los niveles, físicos y emocionales.

Lo maravilloso de este libro es la aparente literalidad de lo que sucede, que no es gran cosa, por lo que el lector ha de ir descubriendo qué está realmente sucediendo. Algo mucho más profundo que una guerra en la que están inmersos, sin afecto, sin recursos, sin apoyo, sin estrategias de supervivencia: es la ausencia completa de principios morales. Esa es su mochila. Para ser feliz, para salir a flote, la moral es un impedimento. Los niños no se plantean qué normas necesitan, sino que se funden con el medio. Si a esos niños se le vuelven a poner principios morales que no van con lo que ellos están viviendo, se produce la ruptura emocional, la disociación. Parece que los adultos tienen una moral que nadie sabe de dónde viene y que nadie cumple. Los adultos deben enseñarles a los niños que a pesar de la crueldad deben querer a su madre y a su abuela, ser educados con los mayores, respetarlos. El mundo infantil depende de la omnipotencia de los adultos. Pero la omnipotencia falla cuando se descubre que los adultos no hacen lo que dicen ni dicen lo que hacen. El mundo ya no está tan bien organizado. ¿entonces debo organizármelo yo? se preguntan los gemelos. En ese momento surge la figura del Yo, la primera noción de la existencia del Yo, y por tanto, de la muerte. Una muerte tan familiar que ya carece de importancia el valor de la vida, o mejor aún, el valor de arrebatarle la vida a otro.

Para terminar, un pequeño apunte. Los gemelos, ¿son dos o son uno? ¿Quiénes son Claus y Lucas? La frase final  “yo me voy, pero él se queda”, como opuestos que no existen, nos deja con la pregunta en los labios.

 

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