A puerta cerrada, de Jean Paul Sartre

Desde mis clases de filosofía del colegio no había leído nada de Sartre, así que me enfrenté a este libro de teatro con la mente abierta, intentando dejar a un lado todo lo que recordaba de él como filósofo existencialista y centrarme en la literatura. Misión imposible, he de decir.

Lo leí de un tirón, incapaz de dejarlo a un lado, porque es un libro muy breve cuya trama se desarrolla en una habitación y el suspense despierta al lector desde la primera línea, desde el momento en el que llega a la habitación el primero de sus tres huéspedes: Garcin. Luego entrará Ines y finalmente lo hará Estelle

Leí un testimonio del propio Sartre que me pareció importante para poder entender esta pieza. Contaba que tenía tres amigos con los que quería hacer una obra de teatro y que no quería que ninguno tuviera un rol más protagonista que los demás, para lo cual todos tenían que permanecer en escena un tiempo similar. ¿Cómo podría hacer para que toda la escena se desarrollase en una sola estancia de la que no tuvieran que salir? Esa premisa le dio la idea para la obra. La historia sería la de tres personas desconocidas que han muerto y que están en una sala que representa el infierno al que han ido. Pero, ¿qué relación se establecería entre ellos? no se darían cuenta, pero en realidad, en ese particular y horrible infierno que es una habitación sin ventanas ni espejos, ni camas porque ellos ya no dormirán nunca más ni mesas porque no volverán a comer, cada uno de ellos sería un verdugo para los otros. Y si para toda la eternidad la persona que estuviera a nuestro lado fuera nuestro verdugo, nos acusase, nos juzgase, se concluiría entonces la famosa frase que hizo famoso a Sartre: “el infierno, son los otros”.

Y sin embargo, parece que “el infierno, son los otros” no fue comprendida como Sartre se propuso. De las páginas de este libro se concluía que si de un modo u otro juzgamos, culpamos, acusamos alguna vez a los que nos rodean (como así suele ser), de alguna manera acabamos siendo alguna clase de infierno para los demás. Y sin embargo, la premisa parece ser otra. Solamente cuando nuestras relaciones con los que nos rodean están viciadas o retorcidas  somos un infierno para los demás y para nosotros mismos. ¿Por qué? Sastre partiría de la premisa de que nosotros no nos conocemos más que a través de un extraño espejo, representado por lo que hacemos, pensamos o decimos en sociedad, y que cuando hacemos el ejercicio de saber quiénes somos lo hacemos partiendo de lo que sabemos que piensan de nosotros los que nos rodean. Luego si nuestras relaciones con los que nos rodean son negativas, bien podemos pensar que se debe por causa del otro o por causa propia. Y por lo tanto, si el otro no es un verdugo para mí, entonces yo soy lo seré para el otro. Podríamos concluir según esto que la mirada del otro, cómo nos mira, constituye la realidad de quiénes somos cada uno de nosotros.

Con esta idea me imagino una habitación para toda la eternidad, donde los demás saben qué hice yo en vida para haber terminado ahí. Y da igual las excusas que yo dé, las explicaciones y argumentos para justificar aquellas actuaciones, que las otras dos personas que me acompañan me señalarán con el dedo. Y esa acusación será al fin y al cabo toda mi compañía, por mucho que yo trate de darle la espalda.

Al parecer Sartre quería expresar también una cierta simbología con el hecho de que los protagonistas ya estén muertos y nosotros, vivos. Los muertos no pueden cambiar lo que hicieron en vida y sólo les queda vivir eternamente con la presencia y el recuerdo de los horrores que cometieron, y muchos de nosotros, siendo conocedores de lo que hacemos, no tenemos intención de cambiarlo. ¿No nos permite en apariencia nuestra libertad cambiar lo que hacemos? ¿Y si siendo libres decidimos que nuestros actos sean reprochables y condenables? Según Sartre, nosotros mismos estamos en el infierno en vida. Y efectivamente en la obra parece hacer un guiño a esta idea, porque metidos los protagonistas en un gabinete cerrado y enfermizo, lleno de ataques y angustia, la puerta de salida se abre repentinamente, y sin embargo, ninguno de los tres sale. Están mejor en ese infierno. Yo pienso que se debe a que en el fondo esperan que la mirada del otro pueda cambiar, y con eso, puedan redimirse de lo que hicieron en vida, como si no admitieran que eso ya es imposible, que están muertos y lo hecho, hecho está.

Desde el punto de vista del estilo, creo que los diálogos son vivos, dinámicos, ágiles, y que van poco a poco abriendo el paso de lo que en realidad se quiere contar, con suspense. Por eso no se puede dejar de leer.

Creo que forma parte de esa selección de “imprescindibles”.

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