Lo que no vemos de nosotros mismos

Iré al grano. Breve y directo. Sin mensajes subliminales.

Semáforo de General Perón con Castellana, a la altura de Torre Europa (Madrid). A eso de las diez de la mañana. Yo, en la moto, espero que el semáforo se ponga en verde. A mi izquierda, dos chicos jóvenes, presumo que taxistas, charlan animadamente. Uno de ellos está apoyado en un taxi. Otro chico, supongo que rumano (y ya van dos presunciones), está limpiando la luna al taxi. Sonríe y se esfuerza por acabar pronto y bien su trabajo. Cuando termina, uno de los taxistas le da las gracias y unas monedas. El chico, cubo y escobilla en mano, se guarda la moneda y se dirige a los coches que esperan como yo.

Dejo de mirar la escena, que queda ya a mi espalda, cuando oigo a los taxistas:

Guapa, ¡pero si tu coche está sucio, te vendría muy bien!

Por un par de monedas, qué te habría costado darle trabajo al chaval.

Me giro para ver el coche en cuestión, un Fiat pequeño negro, algo polvoriento. Dentro, una chica de unos veintitantos que, o bien no oye lo que le dicen o bien se hace la longuis, el caso es que mira para otro lado. Los taxistas hablan en tono despreocupado, y yo les miro, divertida.

Y en ese momento, algo cambia. El tono de voz se alza y se hace punzante.

¡Menuda borde estás hecha, así no se le trata a la gente!

¡Es que no sé qué se creen!, ¿Los dueños del mundo?

Los tratan a patadas, ¡hasta echan para atrás los coches!

¡Eres tonta de remate, hija, menuda reacción más desproporcionada!

¡Ojalá se te pinche una rueda, por imbécil!

Me giro de nuevo hacia la chica, que mira fijamente al frente. El semáforo se pone, por fin, en rojo y salimos de allí las dos… Los taxistas no se inmutan.

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