La amistad y los dilemas éticos

Hoy hablaba con mi amigo Alejandro de libros, qué raro, ¿no?. Hablábamos de un relato que nos gusta mucho a ambos, de Sherwood Anderson, titulado algo así como “Quiero saber por qué”. Para quien no lo haya leído, este cuento habla de la reacción que tiene un adolescente cuando presencia algo inesperado para él, y cómo recuerda aquel hecho ahora que ya es adulto. En resumen, el chico es amante de los caballos y se escapa de casa para poder ir a ver un derby. Entre el jaleo de entrenadores y caballos queda fascinado por uno que resulta el vencedor de la carrera. Cuando ve al entrenador, y percibe esa clase de entendimiento que existe entre animal y persona, siente por éste la misma admiración y fascinación, convirtiéndolo en el sujeto digno de su idolatría. Esa misma noche, impregnado aún de la euforia de la victoria, el chico decide seguir al hombre y presencia cómo el tipo entra en un prostíbulo, se dirige a la concurrencia en tono procaz y besa a una desdentada prostituta. La visión le destruye y toda esa euforia se convierte de inmediato en una experiencia abrumadora que no logra comprender y que incluso de adulto le hace preguntarse cómo pudo su héroe transformarse de pronto en un villano, ese “por qué”. Lo bueno de aquel relato es que como lectores nos hacíamos una pregunta más. ¿Por qué como adulto no ha podido comprender lo sucedido? ¿Por qué le sigue doliendo algo que puede resultar sencillo de entender? Si os digo la verdad, me quedé con esa extraña sensación de historia inacabada. Como cuando te falta información para entender y quisieras más. Confieso que últimamente me pregunto por qué me desagrada la sensación de “quedarme con las ganas”. Justo en la pregunta creo que está la respuesta. “Por qué”. Nos movemos en un mundo súper literal. Buscamos respuestas concretas a nuestras preguntas, e incluso modificamos las preguntas si es preciso para facilitar no sólo la respuesta, sino el tipo de respuestas. Necesitamos la concreción, lo comprensible de la razón, lo lógico de cada respuesta. No nos gusta acabar un relato con la impresión de no haber entendido todo lo que se nos quería contar, con la duda de si hay algo que nos hemos perdido. Igual que en general no nos gusta ver una película con finales abiertos, personajes ambiguos o al contrario, tan empíricamente literales que no conectamos con ellos y dudamos de por qué hacen lo que hacen o dicen lo que dicen. Al niño/adulto del relato supongo que le pasaba algo parecido. Asumía que la gente que hace cosas maravillosas ha de ser maravillosa y cada uno de nosotros es un ente redondo sin fisuras ni dobleces. De ahí esa decepción infantil que no lograba superar como adulto. ¡No había estudiado a Pascal! Yo le preguntaba a Alejandro cómo se imaginaba qué tipo de adulto sería alguien así.

(¡Gracias por seguir leyendo en vez de haber abandonado semejante post a estas alturas! ;)

Esta conversación nos ha llevado directamente a películas que habíamos visto en las que había situaciones similares. Personas ruines que muestran comportamientos ejemplares con otros en situaciones extremas, y viceversa. Y de allí hemos ido directamente a la película K-19, que protagonizaron Liam Neeson y Harrison Ford. No sé si alguien la ha visto -yo no-. Cuenta la historia real de un submarino ruso que sufre un accidente nuclear en aguas del Atlántico y en plena Guerra Fría. Parece que con semejante argumento y cartel ha de ser una película que le tiene atado al espectador desde el minuto uno. Pues por lo visto no. Es más, según me ha contado mi amigo, fue un fracaso monumental de taquilla. Mi cara de sorpresa le ha hecho reír. Al parecer, lo que de verdad plantea la peli es una serie de dilemas éticos, uno detrás de otro. ¿Y ? pregunto yo. Pues que a nadie le gusta que le planteen un problema ético, me contesta él. Un amigo te puede hablar de sus problemas, de sus enfermedades, de las desdichas de sus padres, de su despido… de lo que sea, que tú le escucharás, le consolarás, le calmarás… lo que toque en ese momento. Pero ojo si comparte contigo sus dilemas éticos y te pide consejo. Le escucharás una vez, dos veces… pero como siga con los dilemas, esos u otros, cuando quedáis para tomar una caña, acabarás por inventarte una excusa para no verlo durante un tiempo. ¿Por qué? pregunto. ¿Tal vez nos recuerda nuestros propios dilemas sin resolver? ¿Tal vez nos descubre algo de nuestros amigos que nos decepciona, como el niño del relato?

Lo mejor de estas conversaciones es que de repente cada uno se queda en silencio, como atrapado por sus propios pensamientos unos momentos, pero así, como por arte de magia, la conversación salta a cosas mucho menos complicadas de responder… Ufff, ¡salvados!

PS: Fotografía de Instagram toshko_g

  4 comments for “La amistad y los dilemas éticos

  1. Rodolfo Mcartney
    29 septiembre, 2017 at 10:21 am

    Interesante reflexión!

    Los pensamientos son tan difíciles de controlar… y que buenos son los silencios en las conversaciones, para algunos incomodos… pero son tan enriquecedores!

    besos

    • MAF
      1 octubre, 2017 at 4:25 pm

      ¡Totalmente de acuerdo!

  2. Arantza Larraz
    30 septiembre, 2017 at 4:53 pm

    A mí me gusta conversar con personas que plantean dilemas -siempre que no sean maniáticos de la duda-; obliga a ambos interlocutores a profundizar.

    • MAF
      1 octubre, 2017 at 4:25 pm

      Cierto, en general no ha supuesto un problema, salvo porque no sé exactamente qué espera de mí quien me cuenta su dilema…

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