Amigos

Desde los diez años hasta que me fui a trabajar a Bruselas al acabar la universidad pasaba todos los fines de semana en un pueblo pequeño, no donde mis padres tienen una casa. El típico pueblo de escasos trescientos habitantes censados pero que contaba con algo especial. Tiene un embalse, lo que hacía que se llenase de veraneantes durante el verano. Allí tenía un grupo de amigos bastante numeroso. Todos vivíamos en Pamplona, pero sólo nos veíamos cuando íbamos a Yesa (así se llamaba el pueblo). Entonces no existían los móviles, y jamás nos llamábamos a casa, de modo que no sabíamos nada de los demás durante la semana, de la misma manera que tampoco sabíamos quién iba a estar en Yesa el fin de semana. La mayoría de nosotros llegaba al pueblo el viernes, y de manera natural salíamos a la calle a encontrarnos. Si no nos veíamos sólo teníamos que acercarnos a ver si las contraventanas de las otras casas estaban abiertas, señal inequívoca de que ya estaban allí, y llamar al timbre.
Apenas hablábamos de lo que hacíamos de lunes a viernes en Pamplona. No se trataba de que no nos interesasen las vidas de los demás más allá de lo que nos concernía cuando estábamos juntos. Simplemente para nosotros no existían. Teníamos sentido para los demás mientras estuviéramos allí. Después desaparecíamos… hasta el fin de semana siguiente. Hasta las vacaciones siguiente… hasta el verano siguiente. Éramos adolescentes e ignorábamos que, como todo, se acaba. Los padres de algunos vendieron las casas, otros dejaron Pamplona para estudiar fuera, otros se ennoviaron… fueron cambiando las prioridades. Nuestra cuadrilla de quince o veinte se fue reduciendo hasta los cinco o seis que seguíamos yendo fielmente cada fin de semana. Después acabé la universidad y me fui a Bruselas. Uno más que dejaba aquel nido.
Curiosamente, con los años recuerdo muchas más anécdotas con ellos de las que posteriormente he vivido con otros amigos a quienes considero especiales. Nunca me había parado hasta ahora a pensar en por qué siguen tan presentes en mi memoria. Y al hacerlo creo descubrir que aquella amistad infantil y adolescente tenía un profundo vínculo que a esa edad ignorábamos por completo. Entonces buscábamos en los otros la compañía para eludir el aburrimiento, una compañía física. No sabíamos quiénes éramos y apenas nuestros padres nos permitían hacer nada más allá de los límites del pueblo. Ellos estaban tan solos como yo, y había una inconsciente solidaridad en la soledad, en la precariedad de las cosas. Ese era nuestro vínculo, nuestro nexo profundo. No había nada que demostrar ni que fingir. Ni deberes ni responsabilidades ni compromisos ni exigencias por parte de ninguno. Había diálogo, acompañamiento en lo que vivíamos. Creo que algunos de ellos y yo nos hicimos un poco mejores juntos, aprendimos ciertas cosas. Ahora pienso que el auténtico valor de aquella amistad es que abrimos el alma al otro, de un modo realmente especial, porque lo hicimos inconscientemente y espontáneamente, sin esperar nada a cambio.
A algunos les he perdido la pista del todo. Con otros aún tengo contacto a pesar de que en el día a día sus vidas poco tienen que ver con la mía. Con el paso del tiempo, de aquella amistad no hay rastro del viejo diálogo, de las viejas conversaciones interminables en las que realmente no hablábamos de nada, aunque eso sí, nos reíamos de todo y por todo. Con el paso del tiempo, creo sinceramente que de aquella queda el amor. ¿Siguen siendo mis amigos a pesar de todo? Quiero pensar que así es.
No lo sé…. ¿será que me resulta más fácil admitir que la amistad es imposible a prescindir de ella?

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